viernes, 20 de diciembre de 2019

UN CUENTO PARA MIS ALUMNOS

https://drive.google.com/open?id=1bQ16TArzH8fHVtbbQVqOlnmDbiwehqCe



    
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Cuentan que siempre estaba allí, un minuto antes de las nueve, posado sobre la verja de entrada al colegio. Movía su cabecita de un lado a otro como buscando caras conocidas; no cesaba hasta que daban las nueve en punto y, como un reloj suizo,   giraba hacia el cielo el pico y parecía utilizar como acompañamiento el sonido de  la sirena que anunciaba la apertura de la verja; cantaba  tan fuerte como podía su pequeñita garganta una  melodía de trinos agudos y  bien acompasados. Entonces levantaba el vuelo y se perdía entre el gris plata del espacio. Ya todo el mundo hablaba del pequeño pajarillo, e incluso enmudecían cuando se acercaba la hora por escuchar atentamente su canto matutino. Nadie sabe quién, pero alguien le  llamó el pajarito Rito, y todos hablaban de él como si fuera de la familia: de sus plumas coloridas, su pequeñas patitas casi naranjas, su piquillo de ángulo perfecto, sus ojillos …; pero nadie sabía que Rito dirigía siempre su vuelo desde la verja al alféizar de la ventana de Tercero B, concretamente en aquella por la que podía ver a los niños entrar a clase y dirigirse al perchero para despojarse de sus abrigos. Desde  ahí podía verlos embozados primero en sus ropas, y una vez despojados de estas, comprobaba si estaban felices, inquietos, cansados…; y si tenía alguna duda, miraba dónde ponía cada niño su pinza en el panel de los sentimientos. El pajarito Rito  se decía  a sí mismo: “ahora entra Andrei; sí, está feliz, lo mismo que Ramón; y ese del pelo albero es Raúl…, ummm, parece que está cansado; y ahora Estrella y Ana, que como siempre, vienen  sonriendo;  Miguel se sienta sin dejar la ropa en la percha, lo  mismo hace  Iván; ¡vaya dos despistados!;  Irene y Ainara llegan juntas y se ayudan mientras se cuentan sus chismes; y ahora Ylenia tira tres abrigos de la percha al suelo; por suerte le avisa Ángela y entre las dos recolocan cada prenda como Dios manda,  Elena está muy seria, algún pequeño problema habrá tenido; y ahí,  con su cabello de espigas,  llega Lucía; Darío pide ayuda al maestro porque tiene dificultades para quitarse la gabardina, ¡vaya, ahora tiene un diente menos, y Ramón busca un hueco para expresar con su pinza cómo se siente; en cambio, Rocío lo tiene claro.  Ismael  y Manuel charlan y no se dan cuenta de que el maestro está perdiendo la paciencia porque el tiempo pasa y la clase hay que empezarla. ¡Vaya bostezo que ha dado Alejandro!, parece un león hambriento… ¡Y a Marina que se le cae el bocadillo!, como no se dé cuenta a tiempo lo van a aplastar y en lugar de bocadillo parecerá una loncha despachurrada. José Manuel está de buen humor; algo está diciendo en voz alta sobre las perchas que hay en el suelo pero nadie le presta atención; Cintia duda donde poner la pinza, quizá acabe en “Tout va bien”, porque siempre está feliz; en cambio, Triana parece no dudar, y hoy viene cansada; habrá estado de cumpleaños; tiene cara de haber dormido poco.  ¿Y Ángela? No la veo. Hoy estará pachucha y se habrá quedado en la cama; ayer le pasó a Lorenzo y hoy ha venido como un torito; se parece a Higinio Iván, que es mi torito por excelencia…  

 Una vez que el pajarito Rito los veía sentados en sus sillas, levantaba de nuevo el vuelo y desaparecía hasta el siguiente día en el que repetiría la misma rutina; ¿por qué?, era un misterio, quizá una costumbre fortuita, quizá;  y así estuvo todo el mes de setiembre, y octubre y noviembre; pero en diciembre…, ¡ay el mes de diciembre!, fue un mes de mucha lluvia, viento y frío. Rito, el pajarito,  no se daba cuenta, o no quería darse cuenta, de que una exposición de su cuerpecillo a una intemperie como esta, podría ser nefasta; y todos los días volvía a la verja y después a la ventana, hasta que en una mañana especialmente gélida, no pudo resistir más, y allí, sobre una de las lamas de la  contraventana, se sintió especialmente entumecido,  notaba cómo su cuerpecillo se contraía y tiritaba con intensidad, hasta que perdió el conocimiento.  Su cuerpecillo quedó como una figurita de hielo, diríase que de cristal fino, de esas de Bohemia. Ya no distinguían sus ojillos a los niños entrar, se perdían las siluetas en una espesa bruma hasta que no pudo verlos más. Fue entonces cuando una ráfaga helada de viento le hizo caer sobre el alféizar de la ventana, fue entonces cuando su cuerpo estalló en trozos tan finos que la luz al pasar por ellos se transformaba en haces de colores. Y así fue cómo el pajarito Rito dejó el mundo de ramas y ventanas y pasó al otro mucho más etéreo  de aire y plumas.   

Ese día, como de costumbre el maestro fue a cerrar las ventanas acabada la jornada. Entonces fijó su atención en unos cristalitos que emanaban irisaciones sorprendentes, y los recogió uno a uno con extremo cuidado. En total pudo contar veinticinco trocitos que echó en una caja plateada que tenía a mano  bajo el árbol de navidad de la clase.  Al día siguiente, una vez sentados los niños en sus respectivos lugares, cogió la caja como muestra para pedir que trajeran ellos también las suyas y que simularían los regalos bajo el reciclado  abeto  de navidad;  la agitó suavemente sin ninguna pretensión, pero los veinticinco cristalitos que contenía produjeron un delicioso ruido; era como música de campanitas tubulares;  y los niños quedaron atrapados en cada una de sus ondas. Pedían con insistencia que abriera la caja porque algo debía contener, y algo bueno debía ser.  El maestro les prometió que el día de la despedida con motivo de las vacaciones navideñas, la abriría, y que lo que hubiera dentro sería para ellos, para tener un recuerdo del año que ha facilitado que estuvieran juntos, que se conocieran,  y que ellos llegaran a ser importantes para él, y él, esperaba, para ellos. 

 Y así lo hizo… Justamente el día veintitrés de diciembre del año 2019, justamente a las 13 horas y 30 minutos, abrió la caja esperando encontrarse con los veinticinco cristalitos, pero no fue así, no; en lugar de cristalitos, comprobó cómo se habían transmutado  en pequeños cuerpecillos que reencarnaban el del pajarito Rito, y en múltiples variaciones, pero que sumadas todas  representaban fielmente al  mismísimo pajarito Rito.





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